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Author / Camilo Vilches
En mi vida he sido discriminada en varias ocasiones y por diferentes motivos, casi siempre por el simple hecho de ser mujer. Terminando la universidad trabajé en un programa de Canal 13 como segunda cámara en exterior. Cuando se acabó, me acerqué al jefe de personal, quien me ofreció trabajar como asistente de dirección, productora o camarógrafo de estudio. A mí me gustaba la cámara en exteriores, que era además lo que venía haciendo, pero me dijo “no puedo contratarte en cámara de exteriores porque eres mujer, decídete por alguna de las pegas que te estoy ofreciendo”.
Praga encanta, hipnotiza y seduce.Y cómo no, si la capital de RepúblicaCheca cumple la promesa de un cuento, oquizás de un sueño de tarde otoñal bajo elsol tímido, anuncio de un invierno que llega-rá sin medias tintas. Esta ciudad es así:explícita, directa y práctica, como su gentey su vocabulario. Por esto y más, confieso,me enamoré. Y fue a primera vista.
Se llama Renato, pero todos le dicen Tato. Su apellido es Giovannoni. Es argentino y es bartender. En 2017, Florería Atlántico, su bar ubicado en Buenos Aires, Argentina, fue escogido como el número 23 del mundo, según 50 Best Bars, mientras que Atlántico, su otro proyecto instalado frente a las costas de Río de Janeiro, Brasil, se consolidaba en su formato playero. A la lista de sus éxitos se suma que creó su propio gin, Príncipe de los Apóstoles, además de dos cervezas: Marítima y Bosquísima.
Todo comenzó con una historia de amor. Mejor dicho, de sanación. Michelle Lacoste entró en el mundo de la coctelería para curar una pérdida de esas que dejan huella. Al poco tiempo de estar en el rubro ya se había hecho notar, no sólo por su pelo rojo eléctrico y sus tatuajes, sino también por ese sello que la hace distinta: los botánicos. Se centró en ellos, siempre poniendo a Chile como bandera principal, y forjó su estilo, ese que la ha llevado a ser ganadora de varios concursos. Hoy está en Chharqu, bar del restaurante Peumayén, donde realiza coctelería ancestral y mueve su jigger como sólo ella sabe hacerlo.
Carla Constanza no anda con rodeos, porque sabe lo que quiere al momento de llenar su jigger y mover su coctelera. Esta bartender, que está detrás de la barra de Ambrosía Bistró desde su apertura y que estuvo dentro de los tres primeros lugares en la competencia mundial Legends of London, es inquieta. Suele estar haciendo o aprendiendo varias cosas a la vez, pero sin quitarle ojo a la coctelería.
Nicolás Aguilar buscó su camino. Lo trazó y lo comenzó a andar. Todo por su cuenta. Esto, porque luego de cursar dos años de psicología se dio cuenta de que lo suyo era estar detrás de una barra y se lanzó. Empezó a estudiar y, de forma autodidacta, aprendió. Logró ser jefe de barra de CheckPoint, un bar conceptual en Punta Arenas y, al poco tiempo, la Asociación Central de Bartenders de Chile [Acebach] lo invitó a que se sumara y certificara.
Quién mejor que Matías Peredo para entregar en este minuto unos consejos. Esto, porque recientemente fue a representar a Chile en la final de Barcardi Legacy, donde participaron cerca de un millón y medio de recetas de todo el mundo. La idea era generar nuevos legados de cocktails tradicionales.
Erik Velásquez comenzó a los 19 años en la cocina, pero fue la barra lo que lo enamoró desde lejos. Su elegancia y variedad de estilos lo sedujeron lenta, pero categóricamente. Y sin vuelta atrás. Creció en un barrio santiaguino donde, según él mismo cuenta, el alcohol barato abunda y nadie sabe realmente qué es un cocktail.
El día en que Claudia Romero [40] fue ungida para ser la primera mujer en ser jefa de garzones del restorán El Ancla, sus compañeros le cantaron a coro la canción de Juanes: Tengo, tengo la camisa negra…“¡Lloré a mares! Por fin tenía la camisa negra, la de la jefa. Pensé que me estaban tonteando, porque yo veía que pasaban y pasaban hombres por ese cargo, pero ninguna mujer”.
La primera vez que Roger Cárdenas [26] viajó en avión, se la pasó llorando durante todo el vuelo. Paradójicamente para el hoy mesero de Pomeriggio Bistro, esa primera experiencia en los aires significaba, al mismo tiempo, regresar a su país. No había visitado a su querida Venezuela en dos años, y las emociones en la previa de aquel aterrizaje fueron incontenibles.