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Hay humo en mi té

smoked tea

¿Té ahumado? Sí: el humo, además de estar presente en condimentos, whiskies, embutidos y pescados, también vive en ciertos tipos de té. El padre de ellos es el lapsang souchong, originario del monte Wuyi, en el sureste chino. Además de ser toda una experiencia –intensa y evocadora–, este tipo de té es dueño de una curiosa historia y de sorprendentes posibilidades.

La historia es más o menos ésta: hace más de cuatrocientos años, en la provincia de Fujian –sureste de China–, específicamente en el monte Wuyi, se producía un té del tipo oolong, un intermedio entre el té verde y el negro. Durante el apogeo de la dinastía Qing, y en un eufemismo que lamentablemente aún se utiliza, intentaron unificar las regiones, es decir, invadir todo para crear un gran imperio. Los habitantes del Wuyi –que estaban en plena cosecha del té–, se enteraron de que venía la invasión, por lo que tomaron la cosecha, apuraron el proceso de secado prendiendo inmensas hogueras con madera de pino y, como no podían llevarlo consigo en el escape, lo escondieron bajo tierra hasta que se hubiesen retirado los ejércitos. Cuando pasó todo y volvieron al monte, se dieron cuenta de que el té estaba pasado a humo y, con la estadía sub-terra, absolutamente oxidado. Desde sus ojos chinos derramaron lágrimas chinas al ver que el té por el que tanto habían trabajado durante un año estaba completamente arruinado: su sabor era fuerte, terroso, con claras notas del humo resinoso de los pinos. Sus paladares, acostumbrados al sutil oolong, lo calificaron de intomable. Pero secaron sus lágrimas, pusieron su mejor sonrisa y se lo vendieron a los holandeses, que en ese momento de la historia se maravillaban con cuanta cosa nueva que encontraran a su paso.

Los holandeses quedaron encandilados con este té intenso, raro, que les recordaba el fuego del hogar lejano, allá en las frías tierras bajas. Lo compraron y se lo llevaron todo, y en Europa –especialmente en Inglaterra– el cargamento causó sensación; fue la novedad del año. El lapsang souchong, como lo habían bautizado en China [lapsang significa madera de pino; souchong, la graduación de las hojas que se utilizan para hacerlo] se convirtió en grito y plata. Los holandeses fueron por más. Llegaron de vuelta al Puerto de Amoy y les dijeron a los chinos: ¡queremos nuestro lapsang souchong, ahora! Pero no contaban con la cruda realidad: simplemente no existía. Mostrando los billetes, exigieron que lo prepararan de nuevo. Las 34 familias de Fujian –que aún continúan siendo las productoras exclusivas del lapsang original– decidieron replicar el proceso, esta vez con la tranquilidad de no tener invasores. Hasta hoy es secreto, y se lleva a cabo cada año en grandes galpones donde el té se oxida, se seca a mano y se ahúma en cestos de bambú. Lo gracioso de toda la historia es que los occidentales tenemos la idea de que, si es chino, obviamente ellos lo beben. Pero en realidad lo aborrecen. Y lo llaman, casi despectivamente, “el té para los occidentales”. Cosas de la vida.
 

RECUADRO
Dato
freak: este té era el preferido de Winston Churchill, quien lo disfrutaba mientras fumaba habanos. Quisimos seguir sus pasos, y lo probamos con un tabaco ahumado para pipa. La combinación con el lapsang podría sonar redundante, pero este tipo de tabaco, en rigor, es suave en boca, por lo que acompañado de un té ahumado configura una experiencia a todas luces placentera. Esta vez usamos un Russian Caravan, mezcla más sutil que sólo lleva una parte de lapsang souchong: una combinación ideal para quienes quieren escapar a la mezcla clásica de tabacos y destilados. Y seguimos jugando: en coctelería, como muchos otros tés negros, funciona más que bien. Las notas ahumadas hacen que incluso el cocktail más frío y refrescante tenga cierto aire invernal, casi misterioso.

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